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sábado, 8 de diciembre de 2012

Holy Motors (2012)


Un hombre es todos los hombres. Esta es la melancólica noción que Jorge Luis Borges interpretó y desarrolló en su admirable relato El inmortal. Al parecer, Schopenhauer formuló, hacia 1851, una tesis similar en su divulgado volumen Parerga Und Paralipomena, aunque algunas décadas antes ya Ralph Waldo Emerson  había dilucidado una doctrina (el influjo panteísta es irrevocable) en la que el hombre es uno y es todos; para Emerson los actos del César, los crímenes de Judas o los pensamientos de Platón prefiguran, de algún modo, el carácter de todos los hombres. Todos los hechos en la historia preexisten en la mente de los hombres como leyes, declara. Básteme decir que Emerson fue el mismo que entendió que todo cuanto existe en el universo está contenido en el alma del hombre.

Decir que el francés Leos Carax utilizó el pensamiento emersoniano en Holy Motors suena hiperbólico, aunque no imposible.
     Monsieur Oscar es uno y es once. Viaja taciturno en una limosina que lo deposita -siempre como un hombre distinto- en sus diferentes áreas de trabajo. A veces es una desvencijada anciana que mendiga unas monedas junto a la autopista, a veces un despreciable ser que vive en las alcantarillas. Es víctima y victimario. La adoquinada París con sus laberintos y sus luces artificiales es la extática testigo de las continuas metamorfosis de Monsieur Oscar. “Holy Motors” es el extraño nombre de la empresa para la que trabaja.

Holy Motors es, evidentemente, un film de la transformación. Regresamos a Heráclito: un hombre no baja dos veces al mismo río, porque ni el río ni el hombre son constantes. Cambian.
     Con asiduidad trato de encontrar un símil literario al film que interrogo; Carlos Fuentes posee una obra tan experimental y arriesgada como Holy Motors: Cambio de Piel. En ella se habla de dos parejas que se metamorfosean a lo largo de la historia; la trama es harto ambigua y, al parecer, tiene tres finales.
     Hay obras que no precisan ser entendidas pero que precisan ser interpretadas; Holy Motors es una de ellas. El film adolece de concreción pero abunda en perplejidades; cada quien ve lo quiere, cada quien lo significa como mejor le apetece.

No quiero dejar ir otra idea que me parece importante: las máscaras y los disfraces. Aquellos que usamos todos los días, aquellos que son invisibles. Máscaras y disfraces psíquicos. Nos ocultamos tras ellos para subsistir en las sociedades, nos apropiamos de una imagen que no nos corresponde para no develarnos. Somos pura apariencia, pura impostura.
     La última secuencia del film es, quizás, un símbolo de lo anterior.

Estaría cometiendo una injusticia si no reconozco el impresionante trabajo de Denis Lavant como los once distintos seres que presiden la película. Sería una injusticia no preconizar la dirección de Carax. Sería una negligencia no mencionar la fotografía de Caroline Champetier y el trabajo musical de su amplio departamento de sonido. Estaría mintiendo si no aceptara que Holy Motors es uno de mis films predilectos del 2012.





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