
Un hombre es todos los hombres. Esta es la melancólica
noción que Jorge Luis Borges interpretó y desarrolló en su admirable relato El inmortal. Al parecer, Schopenhauer
formuló, hacia 1851, una tesis similar en su divulgado volumen Parerga Und Paralipomena, aunque algunas
décadas antes ya Ralph Waldo Emerson había dilucidado una doctrina (el influjo
panteísta es irrevocable) en la que el hombre es uno y es todos; para Emerson
los actos del César, los crímenes de Judas o los pensamientos de Platón
prefiguran, de algún modo, el carácter de todos los hombres. Todos los hechos en la historia preexisten
en la mente de los hombres como leyes, declara. Básteme decir que Emerson
fue el mismo que entendió que todo cuanto existe en el universo está contenido
en el alma del hombre.
Decir que el francés Leos Carax utilizó el
pensamiento emersoniano en Holy Motors
suena hiperbólico, aunque no imposible.
Monsieur Oscar es uno y es once. Viaja taciturno en una limosina que lo deposita
-siempre como un hombre distinto- en sus diferentes áreas de trabajo. A veces
es una desvencijada anciana que mendiga unas monedas junto a la autopista, a
veces un despreciable ser que vive en las alcantarillas. Es víctima y
victimario. La adoquinada París con sus laberintos y sus luces artificiales es
la extática testigo de las continuas metamorfosis de Monsieur Oscar. “Holy
Motors” es el extraño nombre de la empresa para la que trabaja.
Holy Motors es, evidentemente, un film de la
transformación. Regresamos a Heráclito: un hombre no baja dos veces al mismo
río, porque ni el río ni el hombre son constantes. Cambian.
Con asiduidad trato de encontrar un símil literario al film que
interrogo; Carlos Fuentes posee una obra tan experimental y arriesgada como Holy Motors: Cambio de Piel. En ella se habla de dos parejas que se
metamorfosean a lo largo de la historia; la trama es harto ambigua y, al parecer,
tiene tres finales.
Hay
obras que no precisan ser entendidas pero que precisan ser interpretadas; Holy Motors es una de ellas. El film
adolece de concreción pero abunda en perplejidades; cada quien ve lo quiere,
cada quien lo significa como mejor le apetece.
No quiero dejar ir otra idea que me parece
importante: las máscaras y los disfraces. Aquellos que usamos todos los días,
aquellos que son invisibles. Máscaras y disfraces psíquicos. Nos ocultamos tras
ellos para subsistir en las sociedades, nos apropiamos de una imagen que no nos
corresponde para no develarnos. Somos pura apariencia, pura impostura.
La
última secuencia del film es, quizás, un símbolo de lo anterior.
Estaría cometiendo una injusticia si no
reconozco el impresionante trabajo de Denis Lavant como los once distintos
seres que presiden la película. Sería una injusticia no preconizar la dirección
de Carax. Sería una negligencia no mencionar la fotografía de Caroline
Champetier y el trabajo musical de su amplio departamento de sonido. Estaría
mintiendo si no aceptara que Holy Motors es
uno de mis films predilectos del 2012.
No hay comentarios:
Publicar un comentario