You talkin' to me?

martes, 12 de marzo de 2013

Like Someone In Love (2012)



Sólo cuando un director ha entendido todos los secretos y todas las posibilidades de la cinematografía, se conciben películas como Like Someone In Love. Abbas Kiarostami -demiurgo excepcional- es un autor privilegiado; ha articulado, para bien, el vedado nombre del dios del Cine.
    
A manera de asociación libre, esbozaré, no sin algún estrago o cambio involuntario, el argumento de Memoria de mis putas tristes del colombiano García Márquez: el año de sus noventa años, un viejo periodista, apodado por Rosa Cabarcas -dueña de un lupanar clandestino- el “sabio triste”, decide darse una noche de “amor loco” con una virgen jovenzuela. Rosa pone a su disposición a la muchacha que, agotada por su trabajo en una fábrica,  cae dormida la noche en que se supone el sabio triste la fornicaría. Tras frecuentar el lupanar algunas noches más y advertir el reniego onírico de la muchacha, el sabio desarrolla una especie de amor ¿paternal? /¿carnal? /¿ambos?  por la jovencita. El amor nos llega a cualquier edad (incluso a los noventa años) es más o menos la premisa de García Márquez.
       El argumento de García Márquez se aproxima, de algún modo, al de Abbas Kiarostami. Cambia el país (Japón), cambian las circunstancias (Akiko, la protagonista de Like Someone In Love, trabaja en una “casa de servicio” para poder pagar sus estudios de sociología), cambia la profesión del anciano pero no el trasfondo de ella (el sabio triste es periodista, Takashi es escritor y traductor), cambian los medios (uno es literario, el otro cinematográfico), no difiere la esencia (un viejo y una joven y un amor anómalo entre ambos).

Pero lo que verdaderamente hace de la película una sinuosa obra maestra, es su confección. Planos dilatados, secuencias cadenciosas y una obsesiva enmarcación de los automóviles, se entreveran a lo largo del film para dar forma al perfecto amasijo de que se compone Like Someone In Love.
       Una cinta, una gran cinta, se hace de detalles. Like Someone In Love abunda en estos; imperceptibles para el observador común, pero una fruición para el voyeurista cinematográfico. Uno de ellos -el primero y el más subversivo quizás- es el del plano inicial: el encuadre muestra una escena común: un restaurante-bar lleno; las personas hablan, ríen y beben a la vez que una voz en off (la de Akiko) preside su fandango; ella sostiene, por teléfono, una discusión con su novio; esta inteligente conversación desentraña el carácter inseguro y posesivo del novio de Akiko, que, para efectos ulteriores, será el detonante de la trama. Un segundo detalle es un lugar común del cine de Kiarostami: los automóviles. Buena parte del metraje discurre en el interior de un auto; basta echarle un vistazo a la prolija conversación sostenida entre Takashi y el novio de Akiko, o a la que para mí es la escena mejor lograda del film: en la que Akiko, antes de ir al encuentro de Takashi, observa, sentada en el asiento trasero del taxi, a su abuela, maletas a los costados, esperando por ella en una estación de autobuses antes de partir a su ciudad. Akiko pide al chofer que rodeé la estación varias veces únicamente para contemplar a su abuela, parada bajo la figura de una estatua, aguardando con abnegación su arribo. Akiko nunca baja del taxi para saludar a su abuela, aun cuando no la ha visto desde hace mucho tiempo. Esta es una secuencia que propala la absoluta maestría de Kiarostami.  

Difícilmente habrá otro director que entienda el cine como lo hace Kiarostami. Juega sutilmente con las psicologías de sus personajes y los lleva a instancias inusitadas. Su peculiar utilización de los ritmos sublima la narración y la atavía de una poesía visual poco convencional; construida a partir de espacios urbanos.
       Abbas Kiarostami es uno de los grandes genios vivos de la cinematografía mundial. Autor imprescindible.
       Jamás, en la aún breve cifra de mis años, había tenido la oportunidad de ver un final tan procaz y experimental como el de Like Someone In Love.  


sábado, 23 de febrero de 2013

The Master (2012)


Para el nihilista (iba a decir escéptico, pero el escepticismo, para Alfonso Reyes, es una doctrina que fomenta la busca de las ideas en un área de radio infinito) la religión es la más grande tomadura de pelo de la historia de la humanidad. Aseveración irresponsable y hasta irrisoria si nos remitimos al mahometismo o al budismo, religiones que, dicho sea de paso, ostentan entre sus preceptos sagrados la sinceridad y la nobleza. Digo irresponsable porque el facto de generalizar es harto irresponsable. Empero, la culpa de esta frívola generalización es imputable a las religiones o a los sistemas filosóficos que a grandes luces no son más que un producto del fanatismo desaforado y la codependencia social. Ejemplo básico de ésto es la mal llamada cienciología; instaurada por Ron Hubbard a mediatos del siglo XX y que, para el fin de esta nota, es el tema fundamental de The Master de Paul Thomas Anderson. 

Freddie Quell (Phoenix) es un veterano alcohólico de la Segunda Guerra Mundial; sufre de un trastorno mental y está obsesionado con el sexo. Tras un paso traumático por el campo de batalla e inmerso en una sociedad de la posguerra a la que ya no pertenece, conoce, después de escabullirse en una embarcación, al líder de un culto religioso científico, Lancaster Dodd (Seymour Hoffman), quien lo acoge -entreviendo en su deplorable condición a una de sus mejores ratas de laboratorio- como se acoge a un vagabundo. El maestro lo adopta y le aplica sus pseudotécnicas terapéuticas, que incluso -asegura Dodd- curan ciertos tipos de leucemia. El fin de Lancaster Dodd es curar a Quell de su demencia bestial, de su exaltado instinto animal y, ya de pasada, de su alcoholismo. Bajo los preceptos de un burdo dogmatismo, Dodd y Quell recorren la Costa Este predicando sus enseñanzas arbitrarias. A lo largo de las más de dos horas de metraje se narran, de un modo magistral, las vicisitudes del maestro y su ingobernable discípulo. 

La que para muchos es la mejor película del 2012, es un extraordinario y magistralmente ejecutado alarde de lirismo visual; la secuencia inicial -que funciona más bien como proemio- sobre el término de la guerra, es uno de los íncipits más atrayentes y seductores del cine de los últimos años: la playa unánime en la que se modela en arena el cuerpo de una mujer y el reguero de espuma que va dejando a su paso la embarcación de Quell. Escenas perfectas que no se hubieran podido llevar a buen término sin la apabullante fotografía de Mihai Malamaire y el ingenio visual de Anderson. 
       Pocas veces se puede apreciar un film con una densidad argumental como la de The Master, y aun menos de una dupla histriónica como la que conforman Joaquin Phoenix y Philip Seymour Hoffman. Phoenix en la mejor faceta de su carrera. 
       La música, a cargo de Johny Greenwood, funge como abrevadero espiritual de la historia. Precisa y pertinente, alimenta los rumbos de Quell y Dodd y los reviste con atavíos de tensión y amenaza. The Master es una película que, aspecto por aspecto y rubro por rubro, frisa la perfección.

Crítica a la cienciología o no, The Master es un trabajo que intenta desentrañar el carácter charlatán de muchas religiones que se fundamentan en la ignorancia y la estupidez, retratando de manera fidedigna al líder soberbio, Lancaster Dodd, y al fanático idiota, Peggy Dodd (Adams), así como al paciente que pese haber sido sometido a "milagrosos" tratamientos no consigue mejoría, Freddie Quell (al menos no a un nivel psíquico). Es la narración del desarrollo de un dogma falaz y sin sentido. 

Difícil pero delectable, The Master es una película no apta para cualquiera que posee en sus diálogos y en sus personajes el esmero creativo de uno de los más grandes e imprescindibles directores del cine contemporáneo: Paul Thomas Anderson. 

Contemplar la magnífica actuación de Joaquin Phoenix bien vale el precio de la entrada.   
            

martes, 19 de febrero de 2013

Silver Linings Playbook (2012)


After a while I went out and left the hospital and walked back to the hotel in the rain, escribe Hemingway en el último capítulo de A farewell to arms, cuando Henry, atribulado, abandona el hospital en el que ni su hijo ni su esposa han logrado sobrevivir al parto. En Silver Linings Playbook, Pat (Cooper) se queja con sus padres sobre el argumento de la mencionada novela de Hemingway, arguyendo que la vida ya es bastante difícil como para que alguien nos lo recuerde en un libro. (Arroja la novela por la ventana y cae en el jardín.)   

Pat, tras ocho meses recluído en un sanatorio mental, regresa a casa con sus padres. Su esposa lo ha dejado y ha levantado una orden de restricción  en su contra. Pat es bipolar, su padre, Pat Sr. (De Niro), es adicto al football y a las apuestas. 
       Pat empleará cualquier estratagema para comunicarse con su esposa y reconciliarse con ella. Entonces conoce a Tiffany (Lawrence), quien, de un modo extraño, brinda a Pat su ayuda. Lo demás es mero excipiente.

Por qué Silver Linings Playbook ostenta ocho nominaciones a los Oscar o por qué ha sido tan bien aceptada por la crítica son cuestionamientos que sólo el dios del cine podría responder. La película posee una manufactura sencilla, un guión fácil (adaptado de una novela; sepa Cristo si la novela será igual de mala), actuaciones que apenas cumplen con los personajes (Lawrence, eso sí, impecable), y un argumento que busca en la enfermedad o en las cuitas de sus protagonistas un trasfondo inexistente, nulo. Además de incurrir en el burdo sentimentalismo y en un desenlace por demás predecible. No entiendo o no quiero entender el afán de preconizar a David O. Russell.
      La secuencia del baile es una de las secuencias más ridículas y bochornosas que he visto en mucho tiempo. Está claro que los personajes de Cooper y Lawrence desconocen casi del todo la danza, pero ese baile es irrisorio. Todo lo que se pueda decir a partir de  aquí es baladí.

Lacónica mi nota como el fondo de la cinta, concluyo con este pensamiento: Silver Linings Playbook es una película que se agradece cuando, en un domingo de flojera y de sopor, no hay nada en la tele.  



domingo, 17 de febrero de 2013

Beasts of the Southern Wild (2012)


Cuando alguien me dijo que Bestias del sur salvaje pertenecía al género del realismo mágico pensé, inevitablemente, en Gabriel García Márquez (elementos mágicos o sobrenaturales interpolados en la realidad como si estos siempre hubieran sido parte de ella), pero más bien me recuerda, de un modo vago, a Faulkner (el sur, el Mississippi, las marismas proverbiales, el monólogo interior [que en la cinta viene siendo la voz en off], etc.).
      Lo anterior es una vieja manía de asociar imágenes literarias a trabajos cinematográficos. Sin embargo, sería injusto aseverar que la escritora del libro en el que se fundamenta la película nunca leyó a García Márquez o a Faulkner; tal vez lo hizo y tal vez están presentes, no sé. En suma, yo colocaría el film bajo el género del realismo alegórico o del realismo onírico (si es tolerable el oxímoron). 
     Me quedo con el primero.

Hushpuppy, una pequeña niña de color, pervive, junto a su padre, en una recóndita localidad pantanosa; lleva una vida rudimentaria y su madre (por una razón que desconocemos; ¿está muerta? ¿es la mujer que conoce en la mancebía?) no vive con ella. Su padre es un hombre tosco, necio, alcohólico, rústico y está enfermo de una misteriosa enfermedad. Es un hombre que descree de la debilidad y el sentimentalismo, valores, a saber, que le inculca en cada momento a Hushpuppy para que, cuando éste muera, pueda ser autosuficiente y cuidarse sola. Una devastadora tormenta asola y anega la localidad de Hushpuppy y se ven forzados, junto a algunos residentes que deciden permanecer a pesar del huracán, a buscar comida entre los escombros y el agua oscura, negándose, por una vieja creencia sureña, a abandonar su hogar e ir a un refugio en la ciudad.
    Las enormes bestias (asemejadas a gigantes jabalíes) surgidas del deshielo, fungen como alegoría del pensamiento de Hushpuppy. 

Benh Zeitlin, director de ésta multipremiada ópera prima, opta, con mucha fortuna, por la cámara al hombro y el lirismo visual. Siendo algo difícil al comienzo por los bruscos movimientos de la cámara que sigue los pasos de Hushpuppy, la película te va sumergiendo en el vaivén de un mundo urdido por la mente de la niña. Las imágenes brutales no dejan de poseer su encanto, como la poesía de Baudelaire. Y la voz en off de Hushpuppy desentraña el carácter filosófico de su pensamiento, una filosofía, a decir verdad, rudimentaria, agreste, pero no por eso inferior. Quizás hasta plagada de rasgos Nietzscheanos.   
    Quvenzhané Wallis (Hushpuppy) es un agradable descubrimiento; maneja a la perfección el personaje y los ritmos de la trama. El fotógrafo Ben Richardson, merecedor de la Cámara de Oro en Cannes, recrea con facsimilitud el mundo fantástico de la historia. La banda sonora, a cargo de Dan Romer y el mismo Zeitlin, es uno de los estilóbatos primordiales del film. La película es, presumiblemente, uno de los más grandes logros que el cine independiente ha dado a la cinematografía mundial. 

Mejor película en Sundance, mejor ópera prima en Cannes y multinominada al Oscar, Beasts of the southern wild termina siendo una gran cinta sentimental que no incurre en sentimentalismos. Es la prueba fidedigna de que en el cine independiente también hay maestría. 




domingo, 20 de enero de 2013

Django Unchained (2012)


Divertida. Subversiva. Inteligente. Violenta. Espectacular. Genial. Estridente. Deslumbrante. Sobrepasada. Hilarante. Original. Etc., etc., etc. Son algunos de los adjetivos que han acompañado para bien la filmografía de uno de los directores más polémicos y admirados de Hollywood: Quentin Tarantino. Desde Reservoir Dogs hasta Django Unchained, Tarantino ha demostrado que es uno de los cineastas más rentables del mundo. Su cinematografía, fácilmente identificable por su estética de la violencia, subvierte por completo cualquier convencionalismo hollywoodense. 

Quentin Tarantino nos hace reír con cosas que comúnmente no causan risa; tiene una visión jocosa de la muerte y de la sangre. El manejo de la ironía, quizás su mayor virtud, sublima una por una cada frase que sale de la boca de sus personajes, los cuales, por cierto, son todos inconcebibles, carismáticos y de una psicología extraordinaria. 

Dos años antes de la Guerra de Secesión, un dentista y cazarecompensas alemán, King Schultz (Waltz), libera a Django (Foxx), un esclavo negro, de manos de una pareja de traficantes. La condición para su liberación es que lo ayude a encontrar a tres hermanos esclavistas acusados de asesinato y buscados por la ley. Una especie de anómala amistad surge entre Django y el Dr. Schultz y terminan siendo socios cazarecompensas. Schultz descubre que Django está casado y que su esposa trabaja en la plantación de Calvin Candie (DiCaprio), sádico hombre acostumbrado a la barbarie. La segunda parte de la cinta -a mi parecer la más intensa- gira en torno al rescate de la esposa de Django. Todo esto bien aderezado con una dotación extragrande de sangre, balas y explosiones. 

Si algo caracteriza a Tarantino es que no se echa para atrás ante ningún proyecto, tema o circunstancia. Es decididamente sarcástico. Hablar de la esclavitud norteamericana no lo arredró, aun siendo un oscuro y recóndito episodio en la historia de los Estados Unidos. Más meritorio es tratar ese episodio como sólo lo sabe hacer la retorcida y lúcida mente de Tarantino; con harta sangre. ¿Es un trabajo polémico? Indudablemente. La película tiene un tratamiento irónico y humorístico, y cabe recalcar una notable evolución en el lenguaje cinematográfico del director: la irremediable madurez. Ya Inglorious Basterds (2009) nos dejo entrever ese tenue pero agradable vuelco en su lenguaje. En Django Unchained fragua esa experiencia. Ahora no únicamente es un mosaico de escenas divertidas; es un mosaico de escenas divertidas e intensas.

Es cierto que la película posee secuencias apenas tolerables (unos perros devorando a un esclavo, un peleador esclavo dejando ciego con sus manos a otro peleador), pero los caminos del arte son inescrutables. Y en Quentin, son la vía para contar una historia. Además, escenas más fuertes se han visto ya en el cine.  

Es bien sabido que el papel principal de Django Unchained estaba estimado para Will Smith pero -y gracias al dios del cine- fue conmutado a Jamie Foxx, quien resultó ser un excelente Django; protagónico que, como lo veo, le hubiera quedado grande al carismático pero histriónicamente limitado Will Smith. 

Christoph Waltz es un genio. La gran actuación de DiCaprio, como el sanguinario Calvin Candie, ya no sorprende a nadie; es uno de los mejores actores de Hollywood. Samuel L. Jackson cumple perfectamente con su papel de esclavo privilegiado. Fotografía altamente estilizada y banda sonora inteligente que mezcla la música típica del western, el soul y el rap. Película completísima. 

Quentin Tarantino ejecutó uno de los mejores (o al menos más entretenidos) filmes de su carrera. 




        

domingo, 13 de enero de 2013

The Tree of Life (2011)

Es Igdrasil, el Árbol de la vida. Es el pasado, el presente y el porvenir, 
lo que se hizo, hace y hará, la infinita conjugación del verbo Hacer.
CARLYLE, De los Héroes, Primera conferencia

La Naturaleza es el símbolo del espíritu.
EMERSON, Naturaleza


Para el nórdico antiguo, el universo estaba representado por un vasto (si no infinto) árbol en cuyo ramaje se depositaban el pasado, el presente y el porvenir; los nueve mundos. Igdrasil, árbol de la vida, símbolo de la eternidad. Ya el viking entendía la conexión de la naturaleza con el hombre y su relevancia en cualquier ámbito de la existencia. 
No hay mayor signo poético que un árbol generador de la vida. 

Dios, la ubicuidad, se nos aparece en forma de estrellas, de montañas, de llanuras, de bestias, de mares, de arenas infinitas y de selvas inextricables. Lo sentimos en el crepúsculo: el viento, lo contemplamos en la aurora: el sol. La naturaleza es uno de los atributos de Dios, o mejor dicho, es Dios. Cada partícula de polvo, cada célula del hombre, cada minucia que compone el infatigable universo, es, inexorablemente, fracción de Dios. 

Terrence Malick estudió filosofía. Y se nota. Los argumentos filosóficos componen su frugal filmografía. Ralph Waldo Emerson bien pudo haber escrito el guión de The Tree of Life. Si Tarkovski es el poeta del cine, Malick es el filósofo. 

La creación es el concepto esencial de El árbol de la vida. La nobleza de Malick nos iguala a los astros o al reptil extinto. Somos parte del universo, es la idea que Malick trata de transmitirnos; la vida nos rebasa, está allá afuera y no la percibimos, nos obstinamos en el Yo. Buscamos la respuesta en un dios con rostro de hombre y no en la perfección de una nervadura o de una gota de agua. Natura nihil facit frustra.*

El arte no se crea para entenderlo, se crea para interpretarlo. Acaso yo no veo la búsqueda de Dios a través del cristianismo como sí la veo a través del panteísmo. Doctrina del conjunto y la unicidad. Si no, ¿por qué Malick habría representado el pasado coram homine** y el porvenir?

Una vida es todas las vidas, una muerte es todas las muertes. No hay cosa, por ínfima que sea, que no nos remita al universo. Todo hombre que sufre una desgracia es el mismo hombre. 

Todo en Malick es símbolo. La belleza de las secuencias, la historia trágica que se interpola con la historia del infinito; la historia de la eternidad. La muerte de un ser querido y su reencuentro. Todo cabe en Dios, muerte y resurrección, perfidia y redención. 

Lubezki, Pitt, Chastain, Penn, Desplat, son algunos de los nombres que dan forma a esta hermosa obra. Pero acaso los grandes protagonistas del film son el tiempo y la naturaleza.   




     
*La naturaleza no hace nada en vano.
**Antes del hombre.    

jueves, 10 de enero de 2013

Top films 2012


[Esta lista apareció en mi otro blog (Plenilunio funesto), pero se me había pasado incluirla en éste.]

Al igual que la literatura, el cine me ha forjado una vida más sufrible. A continuación ensayo una lista de diez films que a mi consideración son los mejores del año 2012 (en la lista aparecen tres películas estrenadas en el 2011 pero que llegaron a salas mexicanas este año; he descartado igualmente tres cintas de este año: The Master (Paul Thomas Anderson), Tabu (Miguel Gomes) y Beasts of the Southern Wild (Benh Zeitlin); no las he visto):

1.- Jagten (Thomas Vinterberg, 2012)
2.- Amour (Michael Haneke, 2012)
3.- Post Tenebras Lux (Carlos Reygadas, 2012)
4.- Holy Motors (Leos Carax, 2012)
5.- Melancholia (Lars Von Trier, 2011)
6.- Drive (Nicolas Winding Refn, 2011)
7.- Moonrise Kingdom (Wes Anderson, 2012)
8.- De Rouille et d'Os (Jaques Audiard, 2012)
9.- Detachment (Tony Kaye, 2011)
10.- Después de Lucía (Michel Franco, 2012)